martes, 17 de junio de 2014

Las guerras mundiales (1914-1918)




GUERRAS MUNDIALES (1914-1945)

“La guerra ha perdido su encanto y hostilidad. El hombre ya no se ve obligado a entregarse a ella ni por interés ni por pasión.” Benjamín Constant, 1814


Benjamín Constant




“…hubo momentos, durante los 31 años de conflicto mundial que van desde la declaración austriaca de guerra contra Serbia el 28 de julio de 1914 y la rendición incondicional de Japón el 14 de agosto de 1945 (…) en los que pareció que podría desaparecer una gran parte de la raza humana” Eric Hobsbawm Historia del siglo XX

 
E. Hobsbawm

Esos artesanos, esos obreros, esos burgueses fueron educados en la familia y en la escuela como patriotas. Pertenecen a una vieja civilización moral que conserva muchos rasgos aristocráticos en el interior de la democracia. El heroísmo militar encontró una nueva justificación en el servicio a la nación” F. Furet El pasado de una ilusión


 
F. Furet

Escribe el historiador inglés Arnold Toynbee:
 
A. Toynbee
"…en la edad prenacionalista del siglo XVIII (…) los Estados soberanos “provincianos” del mundo occidental no eran el instrumento de la voluntad general de sus ciudadanos, sino que eran virtualmente Estados privados de las dinastías. Las guerras reales y los matrimonios reales constituían los dos procedimientos mediante los cuales se realizaban los traspasos de tales Estados, o parte de ellos, de una dinastía a otra; y de los dos métodos, el último era evidentemente el preferido.
Había sin duda algo más bien mezquino y sórdido en esta diplomacia matrimonial. Un arreglo dinástico por el cual las provincias y sus habitantes se transferían de un propietario al otro como haciendas con su ganado repugna a la sensibilidad de nuestra edad democrática. Pero el sistema del siglo XVIII tenía sus compensaciones. Suprimió el brillo del patriotismo, pero con el brillo suprimió su mal olor.
La guerra ha llegado a ser ahora “guerra total” (…) Por guerra total entendemos una guerra en la que se reconoce que los combatientes no son sólo “piezas de ajedrez” seleccionadas llamadas soldados y marinos, sino la población entera de los países interesados”


A mediados del siglo XIX se pensaba que el indutrialismo y la democracia contribuirían a al nacimiento de un mundo unido y pacífico, puesto que la unidad y la paz son condiciones obligatorias para el desarrollo económico de un mundo industrializado e interconectado por revolucionarios medios de transporte y comunicación. Al mismo tiempo que la democracia promueve un mundo de tolerancia, respeto y superioridad moral. Pero esas mismas fuerzas, democracia e industrialismo, en su avance revolucionario chocaron con las fuerzas de la tradición que sobrevivían en la vieja Europa, una Europa construida sobre la base cultural del cristianismo, y que políticamente se recluía en pequeñas comunidades, localidades y provincias, atomizados dentro de reinos e imperios heterogéneos.
Ese choque de fuerzas históricas, la modernidad con la democracia y el industrialismo a la cabeza, contra el mundo tradicional de monarcas y campesinos, produjo en su contaminación la explosión de Europa, del mismo modo que el odre viejo se rompe cuando se le vierte vino nuevo, así y por las mismas razones se rompió Europa. Fue la gran guerra civil de la Sociedad Occidental entre 1914 y 1945, y se le puede llamar mundial porque desbordó de sus fronteras.
Esta guerra civil tuvo dos episodios, el primero de 1914 a 1918 y el segundo de 1939 a 1945. Aunque el segundo sobresale por su espectacularidad y dimensiones, es en el primer episodio donde se decide el resultado, es decir, el avasallamiento de lo que quedaba de mundo tradicional por parte de las fuerzas transformadoras de la modernidad.
En breves líneas, las modernas Francia, Gran Bretaña y sobretodo Estados Unidos (la modernidad hecha país) terminaron de imponer su modelo victorioso sobre los vetustos imperios tradicionales que dieron paso a modernos estados nacionales, aunque el Reich Alemán era una potencia industrial, su forma política seguía siendo tradicional, caduca. Por otro lado el bando moderno contó con la ayuda de un vetusto imperio como el ruso, que se autodestruye y revive luego en una forma enteramente bizarra mezcla de viejo imperio tradicional con neo estado continental industrial, esta será la prefigura de los modelos que se enfrentaran en el segundo episodio de la guerra.
Alemania e Italia buscan recrear los viejos imperios fenecidos en la primera parte, pero el avance de la modernidad es imparable, lo que surge son super estados industriales militares con reminiscencias pasadas, tumores ideológicos que fusionan en extrañas lógicas lo tradicional y lo moderno: fascistas, nazis, stalinistas. La atmosfera cultural permite la eclosión de dichos fenómenos, y luego su destrucción. La modernidad se impone otra vez, Rusia lucha otra vez en el bando equivocado, y ahora sí, la modernidad, democracia e industrialismo, abre paso su camino en la voluntad de crear un mundo nuevo, un nuevo orden mundial.
  

Extracto de la obra de Céline Viaje al fin de la noche:
 
L.F. Céline
Nuestros alemanes agachados al final de la carretera acababan de cambiar de instrumento en aquel preciso instante. Ahora proseguían con sus disparates a base de ametralladora; crepitaban como grandes paquetes de cerillas y a nuestro alrededor llegaban volando enjambres de balas rabiosas, insistentes como avispas.

Aun así, el hombre consiguió pronunciar una frase articulada:

«Acaban de matar al sargento Barousse, mi coronel», dijo de un tirón.

«¿Y qué más?»

«Lo han matado, cuando iba a buscar el furgón del pan, en la carretera de Etrapes, mi coronel.»

«¿Y qué más?»

«¡Lo ha reventado un obús!»

«¿Y qué más, hostias?»

«Nada más, mi coronel...»

«¿Eso es todo?»

«Sí, eso es todo, mi coronel.»

«¿Y el pan?», preguntó el coronel.

Ahí acabó el diálogo, porque recuerdo muy bien que tuvo el tiempo justo de decir: «¿Y el pan?». Y después se acabó. Después, sólo fuego y estruendo. Pero es que un estruendo, que nunca hubiera uno pensado que pudiese existir. Nos llenó hasta tal punto los ojos, los oídos, la nariz, la boca, al instante, el estruendo, que me pareció que era el fin, que yo mismo me había convertido en fuego y estruendo.

Pero, no; cesó el fuego y siguió largo rato en mi cabeza y luego los brazos y las piernas temblando como si alguien los sacudiera por detrás. Parecía que los miembros me iban a abandonar, pero siguieron conmigo. En el humo que continuó picando en los ojos largo rato, el penetrante olor a pólvora y azufre permanecía, como para matar las chinches y las pulgas de la tierra entera.

Justo después, pensé en el sargento Barousse, que acababa de reventar, como nos había dicho el otro. Era una buena noticia. «¡Mejor! -pensé al instante-. ¡Un granuja de cuidado menos en el regimiento!» Me había querido someter a consejo de guerra por una lata de conservas. «¡A cada cual su guerra!», me dije. En ese sentido, hay que reconocerlo, de vez en cuando, ¡parecía servir para algo, la guerra! Conocía tres o cuatro más en el regimiento, cerdos asquerosos, a los que yo habría ayudado con gusto a encontrar un obús como Barousse.

En cuanto al coronel, no le deseaba yo ningún mal. Sin embargo, también él estaba muerto. Al principio, no lo vi. Es que la explosión lo había lanzado sobre el talud, de costado, y lo había proyectado hasta los brazos del caballero de a pie, el mensajero, también él cadáver. Se abrazaban los dos de momento y para siempre, pero el caballero había quedado sin cabeza, sólo tenía un boquete por encima del cuello, con sangre dentro hirviendo con burbujas, como mermelada en la olla. El coronel tenía el vientre abierto y una fea mueca en el rostro. Debía de haberle hecho daño, aquel golpe, en el momento en que se había producido. ¡Peor para él! Si se hubiera marchado al empezar el tiroteo, no le habría pasado nada.

Toda aquella carne junta sangraba de lo lindo. Aún estallaban obuses a derecha e izquierda de la escena. Abandoné el lugar sin más demora, encantado de tener un pretexto tan bueno para pirarme. Iba canturreando incluso, titubeante, como cuando, al acabar una regata, sientes flojedad en las piernas. «¡Un solo obús! La verdad es que se despacha rápido un asunto con un solo obús -me decía-. ¡Madre mía! -no dejaba de repetirme-. ¡Madre mía!...»


Para las estapas y el desarrollo de los conflictos (Primera y Seguna Guerra Mundial) ver www.claseshistoria.com

  

América Latina

América Latina y la I Guerra Mundial

Tras la I Guerra Mundial, un nuevo orden económico y político comienza a gestarse ante la atenta mirada de Latinoamérica. El profesor Compagnon analiza el papel de este conflicto bélico en la historia de América Latina.
Soldados alemanes en las trincheras.


La I Guerra Mundial es considerada como uno de los acontecimientos más trágicos que convulsionaron los cimientos del viejo continente europeo. Todas las grandes potencias mundiales se vieron involucradas en el conflicto y se alinearon en dos bandos estratégicamente enfrentados: los Aliados frente a las Potencias Centrales. Durante cuatro incesantes años Europa se batió entre trincheras en un sangriento combate que se saldó con la pérdida de más de 10 millones de vidas humanas y acabó arrasando dinastías, imperios y hegemonías para imponer un nuevo orden mundial encabezado por un triunfante Estados Unidos. Ante ese nuevo orden político mundial, América Latina observaba atentamente los movimientos de los europeos. El historiador Olivier Compagnon, profesor de la Universidad de Sorbona Nueva -Paris 3 y director de la revista Cahiers des Amériques Latines, imparte esta semana un seminario en el Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca en el que trata de reevaluar precisamente el papel de los años 1914-1918 en la historia contemporánea de América Latina.

¿Cuál fue la postura oficial de los Estados de América Latina ante el conflicto?

Al inicio de la guerra en agosto de 1914, todos los estados latinoamericanos proclamaron su neutralidad, como lo hizo también Washington. La “guerra europea” era percibida como la consecuencia de la vieja rivalidad entre Francia y Alemania, de la afirmación de las nacionalidades en la península balcánica o del choque de imperialismos. Dicho de otro modo, como un acontecimiento que no tenía nada que ver con la historia americana. Pero todo cambió en 1917 con la guerra submarina a ultranza alemana y la entrada de los Estados Unidos en la guerra en abril. Los países de América Central y del Caribe, que ya pertenecían a la zona de influencia estadounidense, entraron en la guerra inmediatamente con Washington, así como Brasil, que tenía una alianza estratégica con Estados Unidos desde 1902. Todos los otros países se permanecieron neutrales hasta el armisticio de noviembre de 1918 aunque algunos rompieron sus relaciones diplomáticas con Berlín.
Soldado durmiendo en una trinchera.

La guerra en Europa dificulta el comercio transatlántico, lo que provocó conflictos sociales en toda Latinoamérica…

Con la reconversión de las economías europeas hacia las actividades directamente relacionadas con la guerra decreció el abastecimiento de productos manufacturados y, además, aumentaron los precios, lo que afectó a la vida cotidiana de todos los países durante cuatro años y medio. Así surgieron huelgas y movimientos sociales protestando contra la subida de precios y asociando explícitamente la situación económica y social con el contexto belicoso europeo (por ejemplo durante las manifestaciones del 1º de Mayo de 1915 en las grandes ciudades brasileñas). Por otra parte, sí se observa un crecimiento económico en algunos países como Argentina, que vendía sus cereales y su carne a los Aliados; sin embargo, las economías latinoamericanas fueron afectadas por las dificultades del comercio transatlántico y por la disminución del precio de productos de segunda necesidad como café. Lógicamente desaparecieron muchos empleos, lo que significa que los años 14-18 fueron socialmente muy difíciles.

Europa cancela las emisiones de capital a América Latina, lo que propicia la entrada de entidades financieras estadounidenses…

Salvo la excepción notable de Argentina que muchos historiadores consideran como el “sixth dominion” británico o como “una Australia donde se habla castellano” hasta el final de los años 30, la primera consecuencia económica de la guerra fue la substitución de Gran Bretaña por Estados Unidos como primer socio comercial y primer inversor financiero en todos los países de la región. Totalmente olvidada por la historiografía del siglo XX latinoamericano, esta guerra aparece finalmente como un momento fundamental para pensar las relaciones interamericanas contemporáneas.

La Europa derruida de postguerra deja de ser vista por los latinoamericanos como la cuna de la modernidad. Es entonces cuando comienzan a renacer los nacionalismos en América Latina...

Este papel fue fundamental, aunque permanece desconocido. Para muchos intelectuales latinoamericanos que vivían en un culto ciego a Europa como centro de todas las modernidades y corazón de la civilización, la Gran Guerra fue interpretada como el suicidio del Viejo Continente que pretendía guiar el mundo mientras sacrificaba a diez millones de sus hijos en las trincheras. Rompiendo con las lógicas tradicionales de importación de modelos europeos, los años 20 y 30 correspondieron a la búsqueda de identidades propias, tanto política como culturalmente. Así, un movimiento como la Semana de Arte Moderna que tuvo lugar en São Paulo en febrero de 1922 puede ser entendido como una de las consecuencias intelectuales de la Gran Guerra.

Autor: Nuria García Reche

lunes, 19 de mayo de 2014

América Latina en el mundo actual


AMÉRICA LATINA EN EL MUNDO ACTUAL


Atilio Boron
El intelectual argentino Atilio Boron realiza un acercamiento de la problemática mundial actual hacia América Latina. A raíz de diversos trabajos: Imperio & Imperialismo (2002), América Latina en la geopolítica del imperialismo (2012), Papel de ALC en el tablero geopolítico mundial (2013), y otros; El doctor Boron ha estudiado sobre todo el papel de los Estados Unidos con respecto a América Latina. Para él, los Estados Unidos representan una amenaza mundial debido a su voluntad de control y dominación del mundo, lo que conocemos como imperialismo, y América Latina debe estar atenta y prepararse para resistir los embates del imperialismo estadounidense. Como egresado de la Universidad de Harvard, el doctor Boron suele utilizar para sus análisis, las teorías y visiones de connotados intelectuales norteamericanos para extraer de ellos cual es la ideología predominante en EEUU con respecto al mundo, y cuáles son sus estrategias de dominación mundial. También sus análisis tienen un alto contenido de elementos geopolíticos, geoestratégicos y militares. En este sentido uno de los intelectuales que más ha influido en sus análisis (aunque no en su pensamiento) es Zbigniew Brzezinski, al cual ya nos hemos referido anteriormente.
Atilio Boron para referirse al momento actual que vive nuestro continente y el mundo suele citar una frase del actual presidente de Ecuador, Rafael Correa, que en más de una oportunidad ha referido que lo que estamos viviendo “no es una época de cambios, sino un cambio de época”, en efecto, para Borón la razón del “cambio de época” se debe en gran parte a las transformaciones del sistema internacional actual, sobre todo “el sistema imperialista” del cual, los Estados Unidos son su centro.
Por lo tanto el “sistema imperialista americano” está atravesando serias transformaciones y crisis, en el Papel de ALC en el tablero geopolítico mundial, Atilio Boron realiza una síntesis de los mismos:
a
-      Volatilidad e inestabilidad del sistema imperial


“En poco más de veinte años [el sistema internacional] experimentó tres significativas mutaciones: todavía en 1991 era un sistema al cual el orden bipolar contenía, si bien precariamente y con relativa eficacia, gracias al equilibrio del terror atómico coagulado a la salida de la Segunda Guerra Mundial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Entre 1991 y el 2001 el formato del sistema cambia: implosionada la Unión Soviética, el sistema se convierte súbitamente en unipolar, desacomodando a un orden mundial que no podía seguir siendo bipolar pero que no estaba (ni aún está) para asumir a fondo la realidad del multilateralismo (…) Con los atentados del 11 de Setiembre del 2001 el unipolarismo se derrumbaría tan estrepitosamente como las Torres Gemelas, dando comienzo a una era de creciente multipolarización económica y política que, sin embargo, convive con el unipolarismo militar estadounidense (…) tres significativas transformaciones se registraron en apenas dos décadas. De ahí la inédita volatilidad –y peligrosidad– de la situación actual.
En consecuencia, hoy tenemos un sistema internacional enormemente más complejo, y un orden mundial sin capacidad de expresar las nuevas realidades planetarias.
Según Brzezinski (…) los rasgos principales de estas modificaciones en las placas tectónicas del sistema internacional son las siguientes: (a) un desplazamiento del poder global del Oeste hacia el Este; (b) el declinio del poderío estadounidense; (c) la problemática capacidad de China para reemplazar a Estados Unidos como líder global. Sin dejar de reconocer la importancia de estos señalamientos nos parece que sería necesario agregar otros, tales como: (d) los impactos de la crisis civilizatoria del capitalismo, y sus consecuencias sobre el medioambiente, la sociedad y el orden político; (e) los avances en los procesos de resistencia al imperialismo en América Latina y el Caribe y el lento pero inexorable despertar del mundo árabe y, en general, de los pueblos de la periferia; (f) la declinación de Europa, sede de las mayores potencias coloniales de la historia. Un documento del Departamento de Defensa ofrece una visión más concreta de estos al afirmar que “Los Estados Unidos, nuestros aliados y socios enfrentamos un amplio espectro de desafíos, entre los cuales se cuentan las redes transnacionales de extremistas violentos, estados hostiles dotados de armas de destrucción masiva, nuevos poderes regionales, amenazas emergentes desde el espacio y el ciberespacio, desastres naturales y pandémicos, y creciente competencia para obtener recursos.”  Y en esta misma línea, un memorándum de la Henry M. Jackson School of International Studies preparado para la Casa Blanca, titulado “Overview of United States of America’s National Security Strategy 2009”, parte de la premisa de que Estados Unidos está en guerra, y que seguirá en guerra por muchos años más y que, en función de esto, se recomienda “usar la fuerza militar, donde sea efectiva; la diplomacia, cuando lo anterior no sea posible; y el apoyo local y multilateral, cuando sea útil.”
b
-       Decadencia imperial: síntomas principales

“El mismo Brzezinski, junto con Henry Kissinger uno de los más descarnados defensores y a la vez realistas investigadores del imperio (…) plantea un sugestivo paralelismo entre la situación de la Unión Soviética en las dos décadas inmediatamente anteriores a su implosión: un sistema político incapaz de revisar y corregir sus políticas; una bruta expansión del gasto militar (…); pérdida de competitividad en áreas tecnológicas clave; deterioro en los estándares de vida de la población ante la cínica insensibilidad de su clase dirigente, cada vez más afortunada; y un progresivo aislamiento internacional.  No deja de ser sumamente llamativo que un autor de talante muy conservador como Brzezinski establezca esta analogía entre el clima cultural y político que precedió a la implosión de la URSS y el que a la fecha predomina en los Estados Unidos.
La nueva crisis general del capitalismo es un elemento adicional que tipifica la decadencia del poderío global norteamericano. Estallada en sus entrañas, en Wall Street, seis años más tarde todavía no ha sido resuelta pese a los fenomenales costos del “rescate” de los oligopolios y las firmas que con sus conductas la precipitaron. Los problemas estructurales de la economía estadounidense, evidenciados en los déficits fiscal y comercial, parecerían ya haberse vuelto incontrolables. Su desorbitado endeudamiento público, que rebasa al cien por ciento de su producto bruto, continúa creciendo de modo incontenible, lo que se plantea la pregunta, nada académica sino eminentemente práctica, de hasta cuándo podrá Estados Unidos seguir viviendo a costas del ahorro de los otros países.
Este preocupante cuadro económico de los Estados Unidos se complica aún más cuando se comprueba que en las últimas décadas se ha profundizado su vulnerabilidad externa debido a su alta dependencia de suministros clave –especialmente petróleo y minerales estratégicos ,imprescindibles para mantener no sólo para su industria de defensa y su superioridad militar, sino también su desaforado e irracional patrón de consumo, mientras que el debilitamiento del dólar es incontrastable y parecería no tener retorno.
(…) en el momento actual no sólo las reservas internacionales se están alejando del dólar, sino que también lo está haciendo el comercio mundial. En síntesis: una creciente proporción del comercio mundial ya se efectúa al margen del dólar y apelando a otras monedas. Así lo hacen ya China y Japón, la segunda y tercera economía del mundo, y tantas otras alianzas más. Esquemas similares se han ensayado en América Latina.
Segundo, la erosión y parálisis del proyecto europeo, carente de la visión y voluntad política requeridas, debilitado por el estallido de los antiguos Estados nacionales (…) y desgarrado por las insalvables contradicciones entre una pretendida moneda única, el euro, y la diversidad de políticas fiscales nacionales, como lo demuestran sobradamente los casos de Grecia, Chipre y otros países. Tercero, el incontenible ascenso económico pero también militar y político de China y, detrás de China, de toda Asia comenzando nada menos que por la India, produciendo ese significativo desplazamiento del centro de gravedad de la economía y la política mundiales del Oeste al Este como lo describiera Brzezinski; el cuarto y último indicador es “la lenta, firme y creciente decrepitud de Naciones Unidas, en especial de su órgano más importante, el Consejo de Seguridad”, prueba más que evidente del completo divorcio entre un “orden mundial” diseñado según la correlación de fuerzas y los actores existentes a la salida de la Segunda Guerra Mundial y la realidad contemporánea, en la cual tanto la primera como los segundos han variado considerablemente. El fracaso de la guerra imperialista en Irak, de donde Estados Unidos se retiró sin haber logrado sus objetivos de apoderarse del petróleo iraquí y normalizar su explotación para garantizar su acceso exclusivo al mismo, unido al empantanamiento –y segura derrota– de sus fuerzas en Afganistán terminan por configurar un cuadro que justifica con creces la tesis de que hemos ingresado a una nueva etapa histórica y que hemos comenzado a transitar por una época diferente.”
c-      Deterioro del sistema de alianzas político-militares
“En el último cuarto de siglo se produjo un visible deterioro del sistema de alianzas político-militares que el imperio había forjado desde los lejanos días de la segunda posguerra. Este sistema reposaba sobre los siguientes acuerdos regionales: Medio Oriente, Europa, Extremo Oriente y América Latina.
En Medio Oriente (…) Washington logró constituir un firme trípode formado por Israel (…), Irán y Egipto. Pero ese triángulo se fracturó y ya no existe más: en 1979 una revolución popular acaba con el absolutismo monárquico del Sha e instaura en su lugar una república islámica profundamente antagónica con los Estados Unidos; y en febrero del 2011 una impresionante oleada de movilizaciones populares tumba al régimen de Hosni Mubarak, con lo cual la mesa de tres patas sobre la que se asentaba el predominio norteamericano en la región queda reducida a una tambaleante superficie apoyada en un Israel cada vez más radicalizado y aislado y en la ayuda que puedan proporcionar las corruptas y desprestigiadas teocracias del Golfo, principalmente Arabia Saudita. Pero el problema es que no sólo Israel ha seguido un curso de acción cada vez más insostenible sino que la estabilidad política de Saudiarabia está seriamente puesta en cuestión. Esto es así por el avance del fundamentalismo islámico que considera al régimen de Riad como herético al haber autorizado la instalación de bases militares de los “infieles” estadounidenses en la Tierra Santa del Islam, donde se encuentran las dos ciudades sagradas de ese credo: La Meca y Medina. El fervoroso apoyo de Estados Unidos a Israel se explica en gran medida por la necesidad de aferrarse a la única pata todavía en pie de la mesa que en el pasado le asegurara una indisputada predominancia en la región. El problema es que Medio Oriente seguirá siendo, por lo menos mientras tenga petróleo, una región de enorme importancia para Estados Unidos y los capitalismos metropolitanos. El debilitamiento de la presencia de Washington en el área tiene como resultado inevitable la intensificación de las presiones para “normalizar” la situación de su reserva estratégica: América Latina y el Caribe.
El año 1979 fue un verdadero annus terribilis para el imperio: no sólo se derrumbó el régimen del Sha, verdugo de Estados Unidos en la región, sino que con el triunfo de la Revolución Sandinista se produjo el derrumbe de otro de los gendarmes regionales del imperio, esta vez en Centroamérica. En efecto, el 19 de Julio de 1979 caía el régimen de Anastasio Somoza Debayle (“Tachito”), al paso que el Reza Pahlevi había sido desalojado del poder el 16 de Enero de ese mismo año. (…) En todo caso, la caída de Somoza Debayle potenció la desestabilización de toda la región centroamericana, en donde violentos conflictos armados se sucedieron a lo largo de esos años principalmente en El Salvador y Guatemala. Más al Sur, complejos procesos sociopolíticos irían a generar nuevos desafíos a la Casa Blanca: la estabilización de la presencia de la guerrilla en Colombia unida a crecientes procesos de movilización como respuesta a las políticas neoliberales impuestas a partir de la década de los ochentas, estimuladas por la crisis de la deuda externa, fueron sentando las bases sobre las cuales luego irrumpirían la Revolución Bolivariana en Venezuela [1999], el triunfo de Evo Morales y los movimientos indígenas y cocaleros en Bolivia [2005] y la Revolución Ciudadana en Ecuador [2007], al paso que en Brasil [2003], Argentina [2003] y Uruguay [2005] la resistencia a las políticas ensayadas por gobiernos sometidos al arbitrio de los personeros del Consenso de Washington dieron lugar, ya con la vuelta de siglo, a inéditos experimentos políticos que rápidamente se alinearon, en el plano de la política interamericana y en buena medida internacional, con los países arriba nombrados. La conjunción de estos procesos, disímiles en sus orientaciones más específicas y en los ritmos del proceso de cambio, alcanzó su apogeo en la Cumbre de Presidentes de las Américas celebrada en Mar del Plata [2005], en donde naufragó el más ambicioso proyecto elaborado por la Casa Blanca desde la Doctrina Monroe en 1823: el ALCA.”
Por supuesto que Europa ha sido y será una región de suma importancia para Estados Unidos. Allí se encuentran sus aliados más estables, comenzando por el Reino Unido, cuya docilidad ante los dictados de Washington es proverbial (…) De hecho lo que hoy caracteriza a la Unión Europea es precisamente la erosión y parálisis del proyecto europeo, carente de la visión y voluntad política requeridas, (…) Añádase a lo anterior el hecho de que Europa sea hoy un continente devastado por la crisis y se obtendrá una excelente fotografía de las dificultades con que tropieza el más antiguo e importante aliado de Estados Unidos en el equilibrio geopolítico mundial.
El Lejano Oriente es otra de las regiones en las cuales la presencia norteamericana enfrenta graves e inéditos desafíos. En primer lugar, el irresistible ascenso de China hacia la condición de la mayor economía del planeta, dura realidad que pese a sus tempranos indicios tomó de sorpresa a gran parte del establishment estadounidense. Esperaban un crecimiento económico importante de la potencia asiática, pero erraron el cálculo en dos dimensiones: nunca pensaron que sus tasas de crecimiento serían tan elevadas y nunca concibieron la posibilidad de que se mantuvieran por tanto tiempo. La cierto es que la irrupción de China desplazó el centro de gravedad de la economía mundial desde el Atlántico Norte hacia el Asia-Pacífico. Como era de esperarse, esta renovada gravitación económica de China no tardo en manifestarse en la arena militar con un impresionante esfuerzo de modernización de sus fuerzas armadas. Pero la gravedad de los desafíos que plantea el Lejano Oriente para Washington no se limitan a China: igualmente preocupante es el debilitamiento de quien fuera su baluarte regional, Japón, acosado por una recesión que se extiende por más de dos décadas y una menguante influencia en el área. Estados Unidos realizó esfuerzos desesperados para involucrar a Japón en su proyecto de relanzamiento de su poderío militar en el Extremo Oriente, al punto tal que presionó al gobierno nipón hasta lograr que sancione una reforma constitucional que habilita a las fuerzas armadas de ese país para involucrarse en escenarios bélicos fuera de sus fronteras, rompiendo así con una norma constitucional establecida luego de la catastrófica derrota en la Segunda Guerra Mundial. Por último, en esa parte del mundo se encuentran también Rusia y las dos Coreas. La primera, avanzando resueltamente por el camino de la recuperación económica y el fortalecimiento militar con vistas a recuperar al menos en parte el crucial papel que jugara su predecesora soviética en el largo período transcurrido entre la finalización de la Segunda Guerra Mundial y el derrumbe del sistema soviético en 1991-92. La economía rusa está lejos de equipararse a otras como la china, la japonesa o la surcoreana, pero su arsenal militar y sus avances tecnológicos en esta materia son de larga data y tan buenos como los que puede exhibir Estados Unidos. El Lejano Oriente es también la parte del mundo en la que se encuentran las dos Coreas: una, la del sur, notable por su vibrante economía y su extraordinario crecimiento que la ha llevado a ser el único país del Tercer Mundo que cruzó la cada vez más intransitable frontera que divide al subdesarrollo del desarrollo. Pero hay algo más: Corea del Norte ha demostrado que pese a las restricciones y obstáculos de todo orden impuesto por Estados Unidos con la complicidad de gran parte de las naciones del Occidente capitalista ha logrado desarrollar un programa nuclear que ya no puede ser desestimado y que podría tener una significativa gravitación en el plano regional.


d

-       Cambios en la estrategia militar del Pentágono
 La situación sucintamente descrita más arriba ha obligado a Washington a repensar su estrategia militar con vistas a encarar con posibilidades de éxito políticas que contrarresten tan amenazantes tendencias. En primer lugar, una decidida apuesta por el fortalecimiento de su poderío naval en detrimento de las fuerzas de tierra, dado que sólo el primero le permite resolver la ecuación desplazamiento-saturación de fuerzas que requiere un ejército imperial que tiene por teatro de operaciones el globo terráqueo. Grandes guarniciones militares acantonadas en los más diversos lugares no garantizan la capacidad de desplazar con rapidez esas fuerzas cuando lo requieran las circunstancias. En segundo lugar, una redefinición en línea con lo anterior del papel de las bases militares, ya no más de tipo tradicional (como Guantánamo, Okinawa, Guam o las múltiples existentes en Europa) con una numerosa tropa y un amplio sector civil emplazados en diversos territorios a la espera de ser llamados a entrar en acción. Gracias a los avances en el transporte aéreo y marítimo, a la informática, la radarización y los acuerdos bilaterales que permiten contar con el esencial abastecimiento de combustibles los nuevos tipos de bases son en realidad FOLS, por su sigla en inglés (Forward Operating Locations). Las FOLs son unidades militares que cuentan con una adecuada pista de aviación, suministro confiable de combustible y vituallas de todo tipo, y un avanzado sistema de comunicaciones todo lo cual permite el rápido desplazamiento de las unidades de combate a los más variados frentes de conflicto. Las FOLs actúan en conjunción con otras mayores, de tipo clásico, que son las que despachan los contingentes –tropa, equipos, vehículos, armas, etcétera- requeridos por las circunstancias al escenario local del conflicto. Las principales bases que cumplen esta función en América Latina y el Caribe son Guantánamo en Cuba; Palmerola /Soto Cano en Honduras; Palanquero, en Colombia; Mariscal Estigarribia, en Paraguay; y la base establecida por la RAF (Royal Air Force) de Gran Bretaña en Mount Pleasant, Malvinas, que cuenta con numeroso personal y equipamiento de Estados Unidos. Completa este círculo la base también británica pero en condominio con los estadounidenses en las Islas Ascensión, en el Atlántico ecuatorial. Entre ambas, Mount Pleasant y Ascensión, se ejerce un total control del Atlántico sudamericano. Tercero, y último, un replanteamiento de la estrategia militar en donde la gravedad de los desafíos provocados por la inexorable necesidad de competir en la “cacería de los recursos” exige la máxima flexibilidad operativa y la necesidad de prescindir de las restricciones impuestas por las sucesivas Convenciones de Ginebra: de ahí el creciente papel que desempeñan los mercenarios contratados especialmente por el Pentágono para llevar adelante cierto tipo de tareas, operaciones y actividades de inteligencia sin las restricciones que imponen no sólo los acuerdos de Ginebra sino las propias leyes de Estados Unidos. Según datos oficiales, el número de militares estadounidenses en estado de servicio activo al 31 de enero de 2012 ascendía a 1.458.219. Pero a estos debían sumárseles unos 225 mil “contratistas” , es decir, los mercenarios que constituyen aproximadamente el 15% del total del personal militar “formal” de Estados Unidos y cuyas actividades se desenvuelven en una suerte de vacío legal, en donde normas y comportamientos expresamente prohibidos por las Convenciones ginebrinas son completamente dejados de lado. Torturas, asesinatos selectivos, vuelos ilegales, cárceles secretas, prisioneros fantasmas en barcos de guerra y toda clase de atrocidades imaginables pasan a formar parte de la rutina de una guerra que, al privatizar y tercerizar un creciente número de sus operaciones, coloca a la Casa Blanca a salvo de cualquier clase de impugnación legal, a la vez que amplía su discrecionalidad en materias bélicas al conducir gran parte de esas operaciones en el mayor secreto y sin tener que lidiar con la interferencia de la prensa o el Congreso.
Una consecuencia de la respuesta meramente militar a los grandes desafíos del mundo actual (…) ha sido el desorbitado crecimiento del gasto militar estadounidense. Este, que al momento de producirse la implosión de la Unión Soviética equivalía al de los doce países que lo seguían en gasto militar, ha llegado a ser en el 2010 equivalente al de todo el resto de los países, superando el umbral para algunos inalcanzable del billón de dólares (o sea, un millón de millones de dólares) si se toman en cuenta, como corresponde, los gastos de la antigua National Veterans Administration, ahora promovida tanto por el enorme número de sus asistidos como por el volumen de su presupuesto al rango de Department of Veterans Affairs . Esto también es gasto militar, ya que se encarga de atender y sanar a los heridos y mutilados en las múltiples guerras del imperio. Los 140.300 millones de dólares de este DVA superan al segundo presupuesto militar del mundo, el de China, que en el año 2010 ascendía a 119 mil millones de dólares; y no es tan inferior al presupuesto combinado de los países ubicados en el tercer, cuarto y quinto lugar del fatídico ranking del gasto militar: Reino Unido, Francia y Rusia que en su total ascendían a unos 180 mil millones de dólares. Súmesele a lo anterior los “gastos de reconstrucción” de lo que los misiles y bombas estadounidenses destruyen y que son encomendados a empresas “amigas” del poder y que a su vez financian las campañas de presidente, gobernadores y congresistas (como Halliburton y otras megacorporaciones, por ejemplo) y se llegará fácilmente a superar la barrera antaño infranqueable del billón de dólares en gastos militares.
Esta desaforada expansión militarista del imperio se refleja no sólo en el presupuesto militar sino también en el crecimiento del número del personal civil. Este asciende, en el caso del Comando Sur –entiéndase: excluyendo a oficiales, suboficiales y soldados- a 1.600 funcionarios, lo que duplica el número total de servidores públicos destinados a monitorear o intervenir en las relaciones con América Latina de todas las demás agencias y secretarías del gobierno federal, incluyendo los departamentos de Estado, Agricultura y Comercio. Se trata de una situación que no tiene precedentes en la historia de las relaciones interamericanas pero que, sin duda, constituye un signo ominoso de los nuevos tiempos.


De hecho, si hasta hace poco más de una década la política exterior de Estados Unidos se elaboraba en –y era conducida por– el Departamento de Estado, en la actualidad ambas funciones las ha absorbido el Pentágono, con un obvio resultado: la militarización de las relaciones internacionales. Como declaró un alto oficial de las fuerzas armadas de los Estados Unidos no hace mucho tiempo, apelando a un viejo aforismo inglés: “Si el único instrumento que tienes es un martillo, todos tus problemas lucirán como un clavo” . En la práctica, todos los problemas que aparecen en el horizonte de la Casa Blanca cuando su ocupante dirige su mirada hacia el sur, son clavos que requieren una solución militar: el terrorismo, el narcotráfico y los irresponsables desbordes del populismo, origen de las más diversas formas de subversión del orden actual, son cuestiones a las cuales se las debe enfrentar con una lógica militar. Lo otro: la diplomacia, la promoción del desarrollo con equidad, la cooperación internacional, vendrán después. Un episodio muy significativo ilustra adecuadamente los alcances de la militarización de la política exterior de Estados Unidos. Pocas semanas después que el Presidente Lula anunciara el descubrimiento de un enorme manto petrolífero submarino en el litoral paulista, la Casa Blanca dio la orden de reactivar la Cuarta Flota de la Armada de los Estados Unidos, que había sido desactivada en 1950 y que ni siquiera se había movilizado durante la Crisis de los Misiles, de octubre 1962, cuando el mundo estuvo al borde de una guerra termonuclear desencadenada por la reacción de Washington ante la instalación de cohetería soviética en Cuba. Mantenida en sus apostaderos aun en tan crítica ocasión, la flota se reactivó el 12 de Julio de 2008 sin que mediara una comunicación oficial de Washington a los presidentes o primeros ministros de América Latina y el Caribe. Quienes recibieron la noticia fueron los jefes de los estados mayores de las fuerzas armadas de nuestros países, quienes luego a su vez informaron sobre el asunto a los jefes de gobierno y los Congresos de la región.
Esto habla con suma elocuencia de la primacía que la Casa Blanca le asigna al canal militar de comunicaciones con sus vecinos del Sur y, por supuesto, al andamiaje militar en cada uno de nuestros países. En este caso, la comunicación fue transmitida por ese canal a los efectos de evitar que la renuencia de un presidente díscolo con los dictados del imperio o la intromisión de parlamentarios desafectos con las políticas de Washington pudiera entorpecer los alcances de la iniciativa, abrir una discusión sobre el tema, examinar cuáles son sus propósitos y, más encima, afectar la estabilidad y la solidez de los estrechos vínculos que el Pentágono mantiene con los militares de la región y, por añadidura, diversas agencias de seguridad, entre ellas el FBI, tiene con las policías de Latinoamérica y el Caribe.

Inserción de América Latina y el Caribe en el sistema imperialista

Llegados a este punto conviene preguntarse por el lugar que Nuestra América ocupa en el dispositivo político-militar del imperio. Cuestión ésta tanto más importante cuanto más se insiste, desde Washington y también por parte de sus epígonos latinoamericanos y caribeños, que nuestra región carece de importancia en el tablero geopolítico mundial. Según esta opinión establecida, las prioridades del imperio serían, en primer lugar Medio Oriente, por su enorme riqueza petrolera; luego Europa, aliada incondicional, gran socia comercial y complica de cuantas aventuras imperialistas haya lanzado la Casa Blanca; luego el Extremo Oriente, por China, las dos Coreas y Japón; en cuarto lugar, Asia Central, importante por su potencial petrolero y gasífero, y para crear un dique de contención para frenar la expansión del fundamentalismo islámico. Finalmente, disputando un módico quinto lugar palmo a palmo con África aparecería Nuestra América, mendigando compasión, caridad y buenos modales.
Pero si las cosas fueran como lo asegura esta torpe interpretación histórica, ¿cómo explicar la inquietante paradoja de que una región como América Latina y el Caribe, tan irrelevante según propios y ajenos, haya sido la destinataria de la primera doctrina de política exterior elaborada por Estados Unidos en toda su historia? Esto ocurrió tan tempranamente como en 1823, es decir, un año antes de la Batalla de Ayacucho, que puso fin al imperio español en América del Sur. Naturalmente, se trata de la Doctrina Monroe, que con sus circunstanciales adaptaciones y actualizaciones ha venido orientando la conducta de la Casa Blanca hasta el día de hoy. Habría de transcurrir casi un siglo para que Washington diera a luz, en 1918, una nueva doctrina de política exterior, la Doctrina Wilson, esta vez referida al teatro europeo convulsionado por el triunfo de la Revolución Rusa, la carnicería de la Primera Guerra Mundial y el inminente derrumbe de dos imperios, el Alemán y el Austro-Húngaro, que junto al derrotado Zarismo eran el baluarte de la reacción en Europa. No es un dato anecdótico que esta doctrina para Europa haya sido elaborada prácticamente un siglo después de otra relativa a un área “irrelevante” como América Latina y el Caribe.
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La tercera doctrina de política exterior que elabora Washington es la de la “contención”, también conocida como la Doctrina Truman aunque su creador fue una de los diplomáticos, politólogos e historiadores más importantes de Estados Unidos a lo largo del siglo veinte. Nos referimos claro está a George F. Kennan, (…) En 1948 Truman adopta las ideas de Kennan y las hace suya, dando lugar a una nueva doctrina de política exterior: la “contención” y, de paso, a la Guerra Fría. En este marco, poner coto a la expansión soviética en áreas de interés estratégico para Washington, Truman apresura la firma de una serie de tratados militares en diversas regiones: lo hace en Abril de 1949 con Gran Bretaña, Francia, Canadá y otros países de Europa dando creación a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En 1952 firma el ANZUS, un tratado con Australia, Nueva Zelandia para garantizar la presencia de Estados Unidos en el Pacífico, mismo que continúa en vigencia hasta el día de hoy; en 1954 lo hace con una serie de países el Lejano Oriente, el SEATO (South East Asia Treaty Organization) en 1954 (disuelto en 1977); al año siguiente firma el CENTO (Central Eastern Treaty Organization) nucleando a varios países del Medio Oriente, entre ellos Irán, Irak, Paquistán, Turquía e incluyendo asimismo al Reino Unido. Y con América Latina y el Caribe, ¿no firmó Estados Unidos un tratado político-militar para la contención del comunismo? ¡Claro que sí! Y como corresponde a un área tan poco prioritaria, como se dice corrientemente, ¡fue el primer tratado de todos cuantos firmara Washington! Lo dejó plasmado en 1947 y es el tristemente célebre Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) que en síntesis dice que cualquier ataque por parte de una potencia externa a un país de las Américas sería respondido solidariamente por todos ellos. Lo de “potencia externa” era un eufemismo para referirse a la Unión Soviética. Cuando ese ataque sobrevino, en 1982, con ocasión de la Guerra de las Malvinas, Washington se olvidó del TIAR y se puso de lado de Gran Bretaña, suministrándole apoyo logístico y de inteligencia que fueron cruciales para su victoria. Insistimos en ese punto porque hay que recordar lo que era el mundo europeo de la posguerra: la “contención” era una política global para frenar la expansión del comunismo. Y a la hora de ejecutar dicha política la Casa Blanca lo hace en este, la región más importante del mundo desde el punto de vista de sus intereses geopolíticos.
Desde el punto de vista militar uno podría agregar el ejemplo del Comando Sur de las fuerzas armadas de Estados Unidos: fue organizado en 1963 al paso que el CENTCOM, con jurisdicción en Medio Oriente Medio, Norte de África y Asia Central, y especialmente Afganistán e Irak, fuese creado recién en 1983 al paso que el AFRICOM recién lo hizo en 2008
La respuesta ante estas paradojales circunstancias es evidente: la razón de esta precoz atención es que, más allá de la retórica y de las argucias diplomáticas, América Latina es, para los Estados Unidos, la región del mundo más importante. Es por eso que desde sus primeros años como nación su preocupación fue elaborar una postura política apropiada ante esa enorme masa continental que se extendía al sur de las trece colonias originarias. John Adams, el segundo presidente de Estados Unidos, declaró tan tempranamente como en junio de 1783 que “Cuba es una extensión natural del continente norteamericano, y la continuidad de los Estados Unidos a lo largo de ese continente torna necesaria su anexión”. Como vemos, la enfermiza obsesión yankee con la Isla tiene antiguas raíces. Más de un siglo después, el presidente William Howard Taft, no contento con querer apoderarse de Cuba, profetizó para Estados Unidos la anexión de todo el continente. En 1912 dijo que “no está lejano el día en que tres banderas de Estados Unidos delimiten nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. La totalidad del hemisferio será de hecho nuestro, como ya lo es moralmente en virtud de la superioridad de nuestra raza”. Como puede apreciarse, el ALCA no era para nada una política novedosa sino la actualización del Destino Manifiesto y de añejas objetivos que Estados Unidos se había trazado desde sus comienzos como nación independiente. ¿Qué otra cosa era el ALCA sino la actualización de la pretensión de Taft de enarbolar las tres banderas a lo largo hemisferio?
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Ahora bien, ¿qué es lo que fundamenta tamaño interés? Dos cuestiones principales: primero, la concepción geopolítica predominante en Estados Unidos, desde mediados del siglo diecinueve en adelante, y que considera a los países al sur del Río Bravo como parte de una gigantesca isla, América, enfrentada a la gran masa terrestre euroasiática. Por lo tanto, el control de dicha isla es esencial para la seguridad nacional de los Estados Unidos. La temprana formulación de la Doctrina Monroe es expresión de esta creencia. En segundo lugar, por lo que un estudioso como Michael Klare ha denominado la “cacería de los recursos naturales”.15 Y como lo reconocen los especialistas, si hay algo que tiene América Latina, y muy especialmente Sudamérica, es una exorbitante riqueza de recursos naturales. Con poco más del 7 % de la población mundial dispone de casi el 50 % del agua dulce del planeta; cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo en Venezuela, desplazando de esa posición de liderazgo a Arabia Saudita en el último informe anual de la OPEP. Súmesele a ello las grandes reservas submarinas del Litoral Paulista en Brasil, más el petróleo que se encuentra en México, Colombia, Ecuador, Perú y Argentina y se obtendrá una clarísima idea de la importancia de nuestra región en el suministro mundial de ese combustible fósil. No por casualidad los dos países más amenazados por Estados Unidos son Venezuela e Irán, dos de los más grandes productores de petróleo. La región también cuenta con grandes yacimientos de gas y ríos enormes que proporcionan energía hidroeléctrica abundante y barata. En la producción mineral, Nuestra América incluye a 7 de los 10 países productores de minerales estratégicos indispensables para el complejo militar-industrial norteamericano, según informe elevado al Congreso de la Fuerza Aérea de ese país. Y si de biodiversidad se trata, la que se encuentra en la gran cuenca amazónica y sub-amazónica dispone de la mitad de la biodiversidad del planeta tierra. Aparte de ello es una de las principales regiones productoras de alimentos del mundo y tiene en la Amazonía nada menos que el pulmón del planeta. Si estos recursos eran antes disputados por una pequeña proporción de la población mundial, digamos un 20 % o poco más, considerando a los países desarrollados y a los sectores “modernos” de la periferia, la incorporación de China y la India como demandantes de esos recursos aumenta en un 35 % adicional el número de los que compiten por acceder a esos bienes comunes. Las 76 bases militares que Estados Unidos tiene, al día de hoy, en la región son un indicio de cuál va a ser la tesitura de ese país en el momento en que se intensifique y se torne más encarnizada la “cacería de los recursos”. Recursos, además, que el centro imperial encuentra disponibles a corta distancia y sin tener que sortear grandes distancias o enormes dificultades de todo orden. Un solo dato ilustra esto con elocuencia: un buque cisterna que transporte petróleo de Venezuela puede llegar a Houston en tres días y medio de navegación por un “mar interior” norteamericano como el Caribe, protegido por un impresionante rosario de bases militares de todo tipo. Ese mismo buque cisterna se demora unos 35 días para llegar desde el Golfo Pérsico a Houston, con el consiguiente aumento del costo del flete y la incertidumbre por el largo trayecto que debe recorrer.
Algunas de las bases militares de EEUU en América Latina (Ecuador ya no tiene bases norteamericanas)
Una hoja de ruta hacia un nuestra Segunda y Definitiva Independencia.
Dados estos antecedentes es evidente la necesidad de fortalecer todas las instancias de integración sudamericana y latinoamericana/caribeña. En su aislamiento nuestros países no tendrán salvación. Ni siquiera Brasil puede intentar sobreponerse a estas determinaciones en soledad.
Es preciso que los gobiernos democráticos y reformistas y los movimientos populares de la región comprendan cuáles son los objetivos estratégicos de Estados Unidos en la coyuntura actual de América Latina: primero, poner fin a la Revolución Bolivariana; segundo: garantizar el control excluyente de la Amazonía. En relación al primer objetivo estratégico, la prematura y muy sentida muerte del Comandante Hugo Chávez Frías se pensó que abriría rápidamente las puertas a una “reconquista” estadounidense de Venezuela. Sin embargo, el formidable apoyo popular con que cuenta la Revolución Bolivariana se ha erigido como un obstáculo por el momento insuperable a las ambiciones de la Casa Blanca. No obstante, Estados Unidos persistirá en su empeño porque además sabe que la caída del chavismo significaría un durísimo revés para Cuba, cuya heroica resistencia a más de medio siglo de bloqueo norteamericano y cuyas conquistas históricas en materia de salud, educación, deporte y seguridad social le confirieron a su pueblo una dignidad sin precedentes en la historia. Y Washington sabe que el derrumbe de las revoluciones bolivariana y cubana sería un muy rudo golpe para los proyectos emancipatorios en curso –sobre todo en Bolivia y Ecuador- y para los anhelos de los movimientos populares de la región. En cuanto al segundo objetivo estratégico, el control de la Amazonía, esto cae por su peso con la simple revisión de los enormes bienes comunes a los cuales aludíamos más arriba. Sus estrategos militares saben que la segunda mitad de este siglo será caracterizada por cruentas guerras del agua. Se puede vivir sin petróleo pero no sin agua, y Nuestra América tiene una fenomenal cantidad de ese estratégico e irreemplazable elemento. Lamentablemente, el gobierno brasileño no se percató de la existencia de este objetivo estratégico y mientras los astutos diplomáticos del imperio distraían a Itamaratí [cancillería Brasileña] con vagas promesas de garantizar para Brasil un asiento permanente en el Consejo de Seguridad el Pentágono se dedicaba a rodear totalmente al gigante sudamericano con bases militares. La trampa tendida era irrisoria, pero aun así la cancillería brasileña cayó en ella. ¿Cómo: un asiento permanente para Brasil mientras que dos potencias atómicas y demográficas como la India y Pakistán se quedaban afuera, lo mismo que Indonesia, el mayor país musulmán del planeta, o potencias económicas como Japón y Alemania? No era una propuesta seria, pero fue aceptada como si lo fuera con las nefastas consecuencias por todos conocidas. Porque un país como Brasil, a diferencia de Paraguay, por ejemplo, tenía los suficientes recursos de poder e influencia internacional como para plantarse con firmeza ante las primeras movidas norteamericanas para instalar bases en su entorno. Lamentablemente, no supo reaccionar a tiempo y ahora la lucha por su desalojo será mucho más larga y sus resultados mucho más inciertos.
Para concluir: la unidad de América Latina es el único camino para nuestra sobrevivencia como sociedades civilizadas e independientes. Una unidad difícil, porque la región está lejos de ser homogénea y si bien están los países del ALBA hay otros que simpatizan con ellos pero no están integrados al proyecto, como Argentina, Brasil y Uruguay. Pueden colaborar con las iniciativas del ALBA pero, al menos hasta ahora, Marzo del 2013, no forman parte del mismo. Y hay otro, tanto en Sudamérica como en el resto del continente, que han sido ganados por el imperio y que en algunos casos podrían desempeñar el papel de “caballos de Troya” al interior de esquemas de integración como la UNASUR y la CELAC.
De lo anterior se desprende la necesidad de consolidar los procesos de izquierda y progresistas en marcha en la región, abroquelarnos en la defensa de Cuba y detener la contraofensiva restauradora lanzada por Estados Unidos. Esto se realiza a través de “golpes parlamentarios” (Honduras y Paraguay); la “modernización” de la derecha latinoamericana, reemplazando sus arcaicos discursos, estilos y liderazgos por otros que casi la convierte en una suerte de nueva socialdemocracia; la brutal ofensiva mediática coordinada desde Washington por el GEA, el Grupo de Editores de América en el entendido que la guerra antisubversiva de nuestros días se libra en el terreno de los medios; y, por último, mediante la instalación de bases militares que cubren todo el espacio regional. Exigir el retiro de las bases debería convertirse en la voz de orden, lo mismo que la democratización de los medios de comunicación y la adopción de políticas muy estrictas de condena para los países en donde se viole la “cláusula democrática” contemplada en el Mercosur y la UNASUR.

Lo anterior fue una reproducción casi total del artículo del doctor en Ciencia Política Atilio Borón, reconocido intelectual marxista y activista del socialismo.



Diego Pereira
Vale la pena aclarar algunos términos utilizados, sobre todo en la última parte del texto:
El consenso de Washington se trata de una serie de recomendaciones económicas para América Latina (AL) que propiciaron centros económicos de EEUU a fines de la década de 1980. Estas recomendaciones, fundamentadas en los trabajos de importantes economistas neoliberales, se aplicaron en AL en la década de 1990. En el caso de nuestro país, durante la presidencia de Luis Alberto Lacalle y en Argentina Carlos Menem.
Se recomendaba, entre otras cosas, la desregulación económica, es decir, la eliminación de la intervención de los Estados en la economía; la privatización de empresas públicas; eliminación de barreras comerciales; menor inversión en salud y educación; mayores garantías a la propiedad privada.
En muchos países, estas medidas causaron aumento del desempleo, la pobreza, endeudamiento, corrupción y crisis, como en el caso argentino. En Uruguay el impacto no fue tan fuerte.
El ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) proyecto de EEUU de crear una zona de libre comercio entre todas las Américas, el proyecto quedó archivado, sobre todo a partir de la Cumbre de Presidentes de las Américas en Mar del Plata en 2005, en la cual fue fundamental el papel que jugó el presidente argentino Néstor Kirchner.
El ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), proyecto alternativo al ALCA, promovido por Hugo Chávez, de cooperación e integración entre los países de AL, está representado por Venezuela, Bolivia, Ecuador y Cuba entre los más importantes. Atilio Boron ve la necesidad de que el resto de AL se integre a este organismo internacional. 
Una organización más reciente que representa “intereses ideológicos” diferentes al ALBA bolivariano es la Alianza del Pacífico, creada en 2011, e integrada por México, Colombia, Perú y Chile, con intereses económicos e ideológicos más cercanos a los norteamericanos.
Como curiosidad cabe destacar que mientras la Alianza del Pacífico del 2011 cuenta con 30 miembros  observadores entre los que cuenta EEUU, Israel, Ecuador y Uruguay, el ALBA, creado en 2004, cuenta sólo con tres: Haití, Irán y Siria.

La tesis de Methol Ferré 
La visión del historiador y filósofo uruguayo Alberto Methol Ferré es cercana en muchos aspectos a la visión de Boron, sobre todo en lo concerniente al enfoque geopolítico, “la cuestión norteamericana” y la cita de ciertos autores como Brzezinski, Huntington y Fukuyama, pero también tiene diferencias sustanciales, como el proceso integrador que debe seguir Latinoamérica, y planteos en cierta forma novedosos, como la necesidad de la creación de un “estado continental latinoamericano”.
Decíamos “en cierta forma novedosos” debido al hecho de que en realidad, son muchos los autores anteriores a Methol Ferré que han hablado, escrito o luchado en favor de la unificación continental, pero a pesar de esto la idea no ha calado en las relaciones internacionales de la mayoría de los países latinoamericanos.
En varias obras se ha referido Methol Ferré a la necesidad de la unificación política de Latinoamérica. En La America Latina del siglo XXI, sintetiza el tema de la siguiente forma:

Alberto "Tucho" Methol Ferré
“El proceso de globalización contemporáneo -como hemos visto- comienza con el descubrimiento luso-castellano de América en el camino hacia el extremo oriente asiático. En ese momento comienza también la relación entre el centro de la Europa atlántica y la periferia del resto del mundo.

América Latina venía a ser la periferia transatlántica más inmediata del viejo continente, una suerte de hinterland que se estructuraba alrededor de los dos virreinatos indios de México (con capital México en la ecúmene Azteca, en América Central y en las Antillas), del Perú (con capital Lima en la ecúmene Inca, que se extendía sobre la mayor parte de América del Sur) y de la gobernación del Brasil portugués. Este descubrimiento significó para América el momento en que comienza una relación mercantilista de monopolio con Europa.

A finales del siglo XVIII, las trece colonias inglesas obtienen la independencia de Inglaterra, apoyadas por Francia y España. Se unen, forman un estado federal, con un mercado común interno y una sola política tarifaria. En contra de Adam Smith, aquellas impulsan una política proteccionista que permite el despegue de la industria y la expansión continental hacia el Pacífico. Con América Latina sucedió a la inversa. Las guerras de la independencia y el fracaso del Congreso de Panamá disgregan el continente en estados aislados y separados entre sí. Un resultado que está bien lejos del que Bolívar buscara: unificar a América Latina en una “nación de repúblicas”.

Es así que Gran Bretaña, cuna de la industrialización, instaura la era liberal del comercio mundial con una serie de tratados comerciales estipulados con los estados individuales, comenzando con Brasil en 1810. Se puede decir que en este momento comienza la historia de la deuda externa latinoamericana, que continúa ejerciendo su presión sobre el continente hasta nuestros días. En síntesis, la independencia inaugura una fragmentación que depende de Inglaterra, el segundo poder global, sucesor del imperio español que nace de la unión entre Castilla y Portugal.

Un argentino, Juan Bautista Alberdi, es el primero entre nosotros en tener una visión de centro-periferia en 1837. Y en un ensayo de 1870 ya habla de los estados continentales. Con agudeza, sostiene que la evolución lógica del mundo tiende a la formación de “estados-continente” como parte de un único “Pueblo-Mundo” del futuro, prefigurando con ello la superación de los estados-nación clásicos. Los Estados medianos o pequeños ya no tendrían destino propio.
(…)
Para explicarme recurriré a una de las concepciones más lúcidas de finales del siglo XIX, la del alemán Federico Ratzel. Su viaje, por los Estados Unidos, reviste fundamental importancia para su visión del mundo; visión que se encarga de transmitir en una excelente obra. Este insigne geógrafo viaja por el país en pleno boom industrial; observa locomotoras mucho más potentes y con más vagones que las alemanas; ve el territorio de los Estados Unidos atravesado de costa a costa por tres o cuatro líneas ferroviarias transcontinentales. Él, alemán, admirador de la industrialización de su propio país, se encuentra un poco como Gulliver en el país de los Gigantes. En los Estados Unidos reencuentra, sí, todo lo que ya existía en Europa, pero en proporciones, por lejos, mucho más grandes, gigantescas. A sus ojos, las dimensiones cuantitativamente más vastas determinaban también un salto cualitativo.
Sus siguientes reflexiones muestran todo el impacto que Ratzel recibe del mundo que se abre ante sus ojos. Afirma que la era de los estados nacionales industriales del tipo Gran Bretaña, Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y Japón fue superada por un nuevo paradigma emergente. Para él, el siglo XX abría la era de los “estados continentales” industriales. A su parecer, los Estados Unidos de América eran el nuevo arquetipo que determinaría el curso de la historia futura. Europa dejaba de ser el centro hegemónico, salvo que alcanzara una acelerada unificación como estado-continente. Ratzel señala otro candidato posible en el número de los estados-continente: Rusia, si pudiera acelerar la propia industrialización.
A mi juicio, Federico Ratzel entrevió la lógica profunda del siglo XX, que continúa en el siglo XXI. Quien no forma parte de un estado-continente terminará, y más que nunca en un mundo globalizado, constreñido a expresarse como lamento, furia o silencio.

A precipitarse en el “coro de la historia”, como dijo en otras ocasiones.

El coro de la historia, es verdad. Como en el teatro griego, donde el coro interviene para comentar la gesta de los protagonistas. En los siglos XX y XXI sólo los estados-continente son protagonistas.

Metáforas aparte, ser “coro de la historia” ¿es una realidad o un peligro para América Latina?

América Latina depende ahora, en gran medida, de hechos que no produce, y no tiene los instrumentos para controlar.

¿Quién es el Ratzel de América Latina?

No hay un Ratzel estrictamente hablando; pero sí podemos señalar un núcleo de pensadores que comienza a encuadrar los procesos históricos en un horizonte más amplio que los nacionales. Una generación, que se puede llamar la del ‘900, que emprende el cambio de una visión nacionalista a una latinoamericanista. De las “patrias chicas” a la “Patria Grande”.

Éstos, aun no conociendo a los hombres de pensamiento europeo que entrevieron el surgimiento del nuevo poder mundial, como Federico Ratzel, se dan cuenta de que los veinte paisitos agro-exportadores de América Latina están condenados a un rol insignificante frente al emerger de un gran poder con proyección mundial. Entienden que, para sobrevivir, América Latina debe realizar algo análogo a lo que hizo Estados Unidos, pero partiendo de ella misma, de su originalidad de círculo cultural católico, no como imitación de un proceso ajeno.

Esta generación del ‘900, con una intensidad sin igual, repropone la unidad de América Latina. Con acentos diversos, formula una única respuesta al tiempo en el que vive: la necesidad de superar la fragmentación, pasando de ser los “estados desunidos del sur” a los “estados unidos del sur”. Para ello no elabora un programa político, pero sí fija objetivos, prevé etapas, indica con fuerza una exigencia, apunta a una dirección precisa y afirma que el conjunto de América Latina tiene que ser pensado desde adentro de América Latina.

Del momento de la Independencia en adelante no hubo una generación que se haya dado cuenta, con mayor lucidez, de que para evitar el perpetuarse de la dependencia, el paradigma al que referirse debía ser Estados Unidos,el nuevo estado continental industrial.

Hasta entonces nuestras historias, también las de buen nivel, eran historias “nacionales”; se circunscribían a lo interno de la disgregación que caracterizó el ciclo de la independencia latinoamericana. En la primera mitad del ‘900, en cambio, esta generación de hombres produce un conjunto de obras que tienen un denominador común: consideran a América Latina como un todo.